De haber nacido en las dos últimas décadas tal vez lo hubiera hecho como un niño índigo. Pero como mi nacimiento se produjo mucho antes, simplemente me quedé en un crío travieso, inconformista y para algunos adultos, un tocapelotas.

En mi más tierna infancia me convertí en experto en el vuelo de moscas. Seguía con total atención su recorrido y piruetas mientras el profesor de turno impartía clase. También a muy temprana edad demostré mi alto nivel intelectual al ganar un diploma ―eso sí, de consolación― en un concurso sobre conducta social. Se presentaron cincuenta alumnos, yo quedé en el número sesenta y cinco, el máximo puesto que el jurado me podía otorgar después de leer mi exposición acerca de las normas cívicas y religiosas. En fin, un incomprendido.

Nadie supo ver la creatividad que desplegaba de chiquillo para lograr alterar al mundo adulto. Bien canalizada me hubieran convertido en candidato a un Premio Nobel. Sin embargo ahí me quedé durante una larga temporada, perdido y conviviendo con mi rebeldía.

Según fui creciendo dejé de ser un tocapelotas para convertirme en un provocador nato. Es decir, más de lo mismo. Pero bienintencionado, con buen corazón y con el propósito de ayudar.

Las víctimas de mi “locura” se cuentan por miles. Comencé con mis profesores en toda la escala educativa, les siguieron gurús, jefes, autoridades, amigos, compañeros de trabajo, clientes, público y así un largo etcétera hasta el día de hoy.

Mi formación empresarial y humanista siguió el curso natural de mi personalidad, convirtiéndome con el paso de los años en ejecutivo de marketing, publicidad, estrategia empresarial, consultoría, conferenciante, profesor, escritor y, ¡cómo no!, terapeuta en diversas disciplinas de crecimiento y autoconocimiento personal. Todas ellas actividades profesionales que encajan perfectamente con mi perfil creativo y afán por compartir.

En cada una de mis ocupaciones profesionales he intentado divertirme, algo que no siempre he conseguido. Mi mayor fracaso se sitúa en la época en la que viví como un exitoso, reconocido y amargado profesional. Fue duro vivir en el parque de atracciones Egolandia.

He creado e impartido infinidad de cursos dirigidos a empresarios, ejecutivos y público en general, todos ellos con una base humanista, emocional, psicológica y espiritual. Esto me sorprende hasta a mí. El tocapelotas, el experto en el vuelo de mosca, impartiendo clases. ¿Quiénes habrán sido los santos que me han sufrido? Los compadezco.

Desde hace más de veinte años soy autor de numerosos artículos especializados en gestión humanista, marketing emocional, autoconocimiento personal y piezas teatrales.

Soy autor del libro “Espejos, voces del ego” 35 monólogos que reflejan otras tantas personalidades. El lector se ve reflejado en más de una ocasión, reflexiona y sonríe. Escribo con humor, aunque a veces el único que se ríe soy yo. Qué le vamos a hacer…

Con más de cuatrocientas conferencias a mis espaldas, los asistentes dicen que soy un showman divertido, instructivo, reflexivo y ameno como monologuista y conferenciante, tratando temas serios con el único fin de desmitificarlos para transmitir la alegría por vivir. Claro que esto lo manifiestan quienes no se han quedado dormidos durante mis disertaciones. Para que esto fuera una cualidad de verdad tendríamos que saber cuántos han logrado mantenerse despiertos.

Como empresario he creado la consultoría Impulso Empresarial Siglo XXI, la revista Spíritu de Superación, y he participado como copropietario en empresas de diversos sectores profesionales.

Estoy intentando encontrar cualidades que hagan destacar mi historial sobre el resto de la humanidad, pero no doy con ellas. Yo también tengo mis miedos, inseguridades y a veces mala leche, aunque pretendo disimularla apelando a mi humor inglés.

Me resulta difícil encontrar algo especial en mí, aun así, yo que presumo de conocerme bien, diré que me gusta mi creatividad, sensibilidad, espíritu de entrega, empatía, generosidad, ganas de divertirme y bondad.

A pesar de todo lo que he contado de mí, sigo siendo un gran tímido, pero si me encuentras por la calle no te cortes y dame un abrazo, me encanta.

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