PERFECCIONISMO

 

Tengo la habilidad de programar hasta el último detalle cómo me he de sentir en una situación futura y que nunca se cumpla.

 

Este resultado es tan repetitivo que creo que lo puedo considerar un éxito. Yo ya sé que lo que estoy programando no se va a cumplir pero aun así una extraña fuerza me lleva a realizarlo de forma automática.

 

A veces me pregunto si a lo que soy adicto es al incumplimiento de lo programado o por el contrario la adicción es a la frustración, al comprobar que nuevamente he fallado en mis predicciones emocionales.

 

Las actividades mecánicas y cotidianas las programo con facilidad y se cumplen, sobre todo las que tienen que ver con el trabajo y acciones que día a día se producen a la misma hora. Ahí actúo como un robot carente de sentimiento y emociones, aunque más bien creo que estas últimas están solidificadas. De hecho mi cuerpo se mueve amaestradamente en cada momento del día mientras yo me alejo de él con pensamientos que lo critican por la cotidianidad de sus actos.

 

Si un acontecimiento futuro altera lo cotidiano es cuando programo todo, como me voy a mostrar, que sentir, hacer, decir, reír, etc. ¡Oye! Ni una, que no acierto ni el reintegro.

 

Cuando voy de cena un sábado con otras dos  parejas siempre la planifico como se merece la ocasión. Me gusta encargarme de seleccionar el restaurante y hacer la reserva a mi nombre con una semana de antelación. Cuando faltan dos horas para la cena siempre llamo y así garantizarme de que todo está correcto y que no existe el más mínimo problema con la mesa reservada. El viernes por la noche ya tengo escogida la ropa que voy a llevar, por lo que me aseguro de tenerla toda disponible, que no se encuentre nada pendiente de lavar o planchar. El sábado por la mañana llevo el coche a limpiar mientras rezo para que no llueva. Después voy a la peluquería de la que salgo listo para bailar un tango, la gomina me la pondré antes de ir a la cena. Cinco horas antes del encuentro ya me he preparado los posibles temas que pueden aparecer en la conversación y los chistes que voy a contar para resultar ameno.

No me considero una persona controladora, soy bastante flexible, simplemente me gusta que todo salga perfecto, como lo he planificado. Ni siquiera creo ser perfeccionista, más bien detallista.

 

Todo esto lo hago por el bien de los demás para que disfruten de una magnífica velada. Me preocupo para que sea inolvidable. Sé que me lo van agradecer, que les gusta que yo esté atento a cualquier contratiempo y lo solucione. Acuden con la seguridad de que todo va a salir perfecto.

 

Esta noche yo voy dispuesto a pasarlo bien. ¡Quiero sentirme de maravilla! Respiro profundamente, extiendo ambos brazos al frente, flexiono las piernas agachándome con la espalda recta, me levanto y suelto estrés. Me relajo, bueno no, porque cuando falta poco tiempo para la hora de la cena siempre estoy nervioso, bueno excitado, son estas tres horas previas las que más inquieto me tienen.

 

Me gusta llegar con antelación para recibir a las otras parejas. Voy sólo, mi mujer vendrá después en taxi, dice que no quiere estar cincuenta minutos antes, que se aburre esperando. ¿Cómo le puede aburrir a alguien esperar con una sonrisa en la boca a sus amigos?

 

Faltan veinte minutos y la gente ya se está retrasando y para colmo la primera que falta es mi pareja. Entro en el restaurante para avisar de que todo va bien, que para la hora estarán todos los que faltan, que no se preocupen. Sé que me estoy alterando, ¿pero qué van a pensar de mi? Soy el que ha hecho la reserva, el responsable de que todo el mundo cumpla con el horario.

 

Ya han parado frente a mi cuatro taxis sin requerirlos y cuando niego sus servicios con la mano se mosquean, dicen que para que les llamo. ¿Llamar yo? Simplemente miro disimuladamente si en ellos vienen mi mujer o alguna de las parejas que falta por llegar, que son las dos. Cinco minutos para la hora y aquí solo, caminando por la cera con paso militar y giro (otra vez) para volver con firmeza sobre mis pasos. Esto no está comenzando bien, no es lo acordado. Esta gente no tiene ninguna clase de respeto ni por mí ni por el restaurante, ni por el pescado que está a la espera de ser cocinado para deleite de todos. Porque espero que pidan pescado, por la noche es lo que mejor ayuda a hacer la digestión.

 

¡Qué noche!, ¡Desastrosa!, ¡Otra vez!

 

Diez minutos de retraso, incluida mi mujer. Yo llevo ¡una hora esperando! Y llegan riendo, besitos por aquí y por allí, que si estás muy guapo, que si pareces Rodolfo Valentino, -¡tu padre! ¿Rodolfo Valentino…?-. Ni un ápice de sentimiento de culpa. ¡Ninguno! Para colmo todos piden carne para cenar menos yo, que me sirven el cadáver de un pescado con sonrisa incluida. Lo debieron pescar por sorpresa. Ni uno solo de los temas preparados sale en la conversación, los chistes quedan sin contar y encima tengo que aguantar que todos me digan que no esté tan serio, que siempre parece que estoy enfadado.

 

Ellos no saben valorar que si se están divirtiendo es ¡gracias a mi! Que yo soy el responsable de que la velada les resulte perfecta. Es mi  mérito, ¡deberían de reconocérmelo!

 

Después de esta última experiencia el concepto de perfección ha perdido todo el significado para mí. ¿Es igual de perfecto comenzar a la hora a cenar que hacerlo diez minutos después?, ¿Es igual de perfecto comer carne que pescado?, ¿Es igual de perfecto saber de un tema que no?, ¿Es igual de perfecto cenar en un restaurante que en otro?, ¿Es igual de perfecto reír que no?

 

¿Es posible que yo pueda ser un perfecto idiota y aun así ser perfecto tal y como soy?, ¡Qué alivio!

 

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