Hace veinte minutos estaba algo cansado y me he tumbado en el sofá para reposar un poco. Me acabo de levantar y estoy peor que si me hubieran dado una paliza entre cinco tíos. Me duele todo el cuerpo. ¡Yo solo quería relajarme!

Después de echarme cuidadosamente, he cerrado los ojos a la vez que comenzaba a respirar profunda y armoniosamente para eliminar el estrés que me estaba provocando el cansancio. A la cuarta inspiración se ha abierto por completo mi pantalla mental y en ella ha aparecido el causante de mi alterado estado emocional: mi jefe. De inmediato, malhumorado, le he preguntado: “¿Tú qué haces aquí? Si ahora mismo son las cuatro de la tarde y es domingo…”.

Este hombre es que no te deja descansar ni en fin de semana. Salgo de la oficina y me persigue, da igual dónde vaya, él está ahí. A veces llega incluso antes que yo. Estoy cenando con la familia y veo emerger su figura del centro de la mesa como si fuera Aladino, pero en vez de decirme que le pida tres deseos me solicita tres informes pendientes de realizar. El resto de los comensales no lo ven, solo yo soy capaz de percatarme de su presencia. Él está allí, es real, lo estoy viendo. Con actitud inquisidora examina qué estoy comiendo, critica lo que bebo mientras hace referencia a mis actitudes en la empresa. “¿No será que el alcohol te trastorna en la jornada laboral?”. Sigo con los ojos cerrados, comienzo a sentir una pequeña rigidez en el cuello. Respondo a mi jefe en voz alta que lo que yo hago fuera del horario de oficina a él no le importa. Su contestación no se hace esperar, es más, casi ni me ha dejado terminar cuando le oigo decir que si mañana lunes se lo voy a volver a repetir con esas mismas palabras, cuando se compruebe que mi cifra de ventas ha sido la peor de todo el equipo. En un alarde de valentía le contesto que sí y que si quiere se lo diré en un tono de barítono: “¿Qué te ha parecido? ¡Tonto!”.

Noto cómo la tensión del cuello desciende por ambos brazos hasta cubrir por completo ambas extremidades. Me encuentro cómodo en esta discusión, por primera vez parece que soy yo quien lleva la iniciativa. Lo de “tonto” le ha debido de doler. Sonrío al ver su cara de sorpresa, seguro que no esperaba mi respuesta. ¡Quiero más! Estoy deseando que me replique si se atreve. Y lo hace: “¿No te da vergüenza ser el menos productivo de tu equipo?”. Eso me ha dolido, lo he notado en el centro del estómago, como si me hubiera dado un puñetazo duro y seco. No estoy dispuesto a que me noquee en el primer cruce de golpes, por lo que pienso levantarme de la lona del cuadrilátero y responder como un guerrero samurai con una sibilina y mortal acción. Seguro que no se lo espera: “¿Y qué?, ¿acaso crees que me importa ser el que menos ha vendido esta semana? ¿Quieres ver cuántas veces he sido el primero?”. Bueno, esto último no se lo voy a decir, que ni yo me acuerdo. Mejor cambio de estrategia y aparco al samurái. Voy directamente a darle un golpe en la barbilla que lo va a dejar tumbado. ¡Ahí va!: “¿Me estás amenazando? Porque mira que recojo las cosas y me voy directamente a trabajar con la competencia…”. Eso le ha tenido que doler.

¡Ah! ¡Mi espalda! La tengo más dura que una pared de hormigón. Espero con ansia su próximo movimiento, estoy con los brazos extendidos, haciéndole un gesto con las manos para que se acerque a mí.

― Ven si tienes lo que tiene que tener un hombre.

Su maniobra no se hace esperar:

― ¿Quieres que te prepare una carta de recomendación?

No esperaba este contraataque, ha sido bueno. Pero hoy estoy pletórico de reflejos y me abalanzo hacia él con los puños cerrados y golpeando mis pectorales con coraje.

― No la necesito, estúpido, ya me han hecho una oferta ellos.

Sé que es mentira, ha sido un gran farol, pero mantengo mi fiera mirada posada en sus ojos. ¿Qué les pasa a mis glúteos? El hormigón de la espalda ha avanzado hasta ellos. ¡Mi cuerpo está totalmente rígido desde el culo hasta el cráneo!

En ese momento detrás de mi jefe aparece el director de ventas, situándose en paralelo a él. Gira la cabeza y le comenta al oído que es un farol. Su tono de voz ha sido lo suficientemente alto como para que yo también lo oiga. Con gesto agresivo comparto la fiereza de mi mirada entre ambos, sin pestañear, con las venas del cuello a punto de estallar. Me muevo lentamente girando alrededor de ellos. Cuando paso por delante amplifico mi gesto, el cual relajo justo cuando estoy a su espalda y no me ven, para acto seguido recuperar mi postura al volver a situarme enfrente. Estoy pensando la respuesta, ahora me superan numéricamente en esta batalla, pero no la voy a perder. ¡Hoy no!

Sigo girando a su alrededor, intimidando mientras pienso una respuesta que no llega a mi mente, cuando en ese momento aparecen tres compañeros míos. Son los más estúpidos del equipo, no los puedo ni ver, tienen una personalidad engreída e infantil, se someten, hacen cualquier cosa por quedar bien ante sus superiores, no los soporto. Dos de ellos se sitúan a la derecha de mi jefe y el otro queda justo a la izquierda del director de ventas. Los cinco han adoptado una postura firme, están anclados al suelo con las piernas separadas y los brazos en jarra. Me desafían los cinco. Estoy seguro de que su aparición en escena no es una casualidad. Ahora me doy cuenta, ¡esto es una conspiración contra mí!

Por favor, ¿puede alguien ayudarme a sentarme, que me ha dado un tirón mientras me relajaba en el sofá? Con este dolor mañana lunes no sé si voy a tener el cuerpo para ir a la oficina. ¡Todo por culpa del trabajo!

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