Esta mañana voy a cortarme el pelo. Se lo he comentado a mi mujer y ella me ha sugerido, más bien exigido, que me lo corte muy poco. Cuando su voz es alta y firme me exige, si su tono es bajo y pausado me sugiere. Los alterna según le conviene, puede empezar siendo una exigencia para acabar diciendo que me lo está sugiriendo. Si por contra ve peligrar una sugerencia suya la convierte en exigencia a la velocidad de la luz.

Creo que está otra vez intentando manipularme; más bien no lo intenta, lo consigue, y yo me dejo, me conviene, no me gusta llevarle la contraria, lo hago por amor. La quiero tanto… Siempre tengo que hacer lo que ella diga. Para conseguirlo no utiliza imperativos, es mucho más sutil que todo eso, ante  cualquier mandato emplea la palabra “cariño” o “mi amor”, le sigue la orden y termina diciendo que lo hace por mí, es decir, que tengo que agradecérselo.

A veces pienso en voz baja: “¡Me arreglo el pelo como a mí me da la gana!”, pero no lo digo porque sé que me va a contestar: “No te enfades, mi amor, que lo estoy haciendo por tu bien”. ¿Qué quiere decir eso de que lo hace por mi bien? ¿Estoy en peligro en la peluquería? A lo mejor sí, porque me acompaña al salón y le dice al peluquero cómo debe hacerme el corte, después me deja solo y le pregunta a qué hora tiene que pasar a recogerme. A veces respondo que estoy completamente seguro de saber ir solo a casa. Prometo no perderme y entonces me interrumpe con un: “Cariño, tranquilo, que lo hago por ti”. Soy incapaz de discutir, lo dice con un tono de enamorada que a mí me derrite.

La verdad es que esta mujer se pasa la vida haciendo cosas por mí.

― Mi vida, tenemos que ir a comprarte ropa.

― ¡Nooo!

Después de elegir ella lo que tengo que vestir, entra conmigo al vestidor, posa mis pantalones sobre su antebrazo, me hace probar los que ha escogido y si no son de mi talla abre la cortina con total desparpajo dejándome en calzoncillos delante de toda la tienda mientras va a buscar otros. Si discutimos sobre qué modelo me queda mejor, ni corta ni perezosa me hace ir descalzo hasta la dependienta para que emita su opinión, quiero decir para que dé la razón a mi mujer.

Me niego a pasar por esta situación, me pongo nervioso, y se me nota porque mi amada enseguida me tranquiliza, sabe cómo hacerlo: “Quiero que estés guapísimo, sabes que esto lo hago por ti”. A mí en esos momentos me dan ganas de llamar a mi madre, desearía hacerlo con un grito desesperado, ella nunca me dejó en ropa interior en medio de la tienda, me subía al mostrador y lo hacía desde allí. Luego me dicen que tengo un puntito de exhibicionista… ¿de dónde me vendrá a mí lo de hacer el tonto en las fiestas?

Antes de casarme fue mi madre quien me llevó de compras para elegir el traje de novio. Ella se encargó de todo, seleccionó la ropa, calzado y complementos con los que me tenía que vestir en dicha ceremonia. Lo hacía con mimo. Adelgacé dos kilos, las flexiones que hice esos días vistiéndome y desvistiéndome no las hago yo en un mes de gimnasio. No importa, soy consciente de que lo hacía por mi bien.

Cuando llegó el gran día, mi madre le dijo a mi esposa que le pasaba el relevo para vestirme, que ella ya se había encargado desde mi nacimiento. No se limitó a cederle el testigo sino que la adiestró sobre la forma de actuar sobre mí y conseguir que la obedeciera a la primera. Compartió el lenguaje de signos que debía emplear para hacerme comer lo que ella quisiera. Así, cuando voy con mi mujer a un restaurante siempre tengo dos o tres alternativas. Comienzo por leer la primera, levanto la vista y veo su expresión, enseguida sé si tengo que recurrir a la segunda de las opciones, elevo la mirada de la carta, compruebo si he acertado y si no es así paso a la tercera. Este proceso  se repite  con todos los platos, incluido el postre. La experiencia me ha permitido que lo haga disimulando para evitar que el camarero se percate de que estoy siendo totalmente dirigido por mi mujer. ¡Qué vergüenza! Mi manera de proceder es nombrar cada uno de los platos con tono indeciso, como si estuviera pensando en voz alta antes de la elección definitiva.

― Cariño, me encanta cómo te cuidas cuando salimos a cenar fuera de casa.

― Yo hubiera elegido el primer postre que nombré.

― ¿El que era todo colesterol?

― A mí me gustaba.

― Menos mal que hemos venido juntos, con tus amigos haces lo que quieras mientras yo no lo vea, pero conmigo te cuidas. Amor mío, sabes que lo hago por ti.

Soy de los que va a las manifestaciones para exigir libertad de expresión. Confecciono mi pancarta, la porto y grito hasta quedarme ronco. Los compañeros admiran mi vehemencia, aplauden la valentía con la que me enfrento ante quienes nos oprimen, soy un referente para ellos. Si supieran a quién grito de forma tan desesperada no se lo creerían… Tengo que manifestarme para encontrar mi libertad de expresión y lo hago con autodeterminación, acudo al encuentro reivindicativo vestido y calzado para la ocasión, lo ha elegido mi mujer por si hay que salir corriendo perseguidos por la policía.

Estoy seguro de que mi esposa me ama, a su manera. Yo también la amo, a la mía. No quiero que se disguste. He aprendido a esconderme para hacer lo que a mí me da la gana, evito su enfado, la quiero ver feliz, lo hago por su bien, ella hace tanto por mí…

 

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies