Dedico más tiempo a pensar  en lo que no he hecho que a prestar atención a lo que estoy haciendo. En mi mente siempre tengo un pensamiento presente que continuamente me está avisando de lo que aún me falta por hacer. Da igual que la actividad que esté realizando en esos momentos sea importante o simplemente la esté haciendo porque yo le he dado prioridad sobre otras, la voz me martillea insistentemente para que no olvide todo lo que en algún momento me he propuesto hacer y aún no he comenzado.

Esta voz no me habla en ningún momento con amabilidad sino que toma una forma inquisidora, me señala con el dedo índice erguido mientras lo mueve hacia arriba y abajo de forma enérgica y acusatoria. Y, claro, yo muchas veces me acojono. Me entra tal congoja que acabo por dejar la actividad en la que estaba enfrascado y me pongo a desarrollar la que tenía pendiente. Lo hago para ver si la voz se silencia, y ¿qué crees que ocurre? Durante cinco minutos dejo de escucharla, parece que se ha apaciguado, respiro profundamente en un gesto de relajación cuando de repente comienza a gritar como una desesperada. Me está llamando idiota, me acusa de ser un inútil:

― ¿Por qué has dejado de hacer lo que estabas haciendo?

― Para hacerte caso, me estabas volviendo loco.

― Yo no te he dicho en ningún momento que abandonaras tu anterior actividad, simplemente te lo recordaba. Ahora has dejado todo a medias, ni siquiera has concluido satisfactoriamente una de ellas. ¡Chiquillo!, deja de dispersarte.

― Pero si siempre me haces lo mismo, estoy con una cosa y tú recordándome otra, así no puedo centrarme en nada al cien por cien.

― ¿Sabes lo que te pasa?

― No, dímelo tú.

-Que huyes de las responsabilidades, lo que te molesta lo evitas, haces como cuando limpias tu casa, desplazar la porquería. Tienes que aclarar un tema con alguien: lo pospones; has decidido cambiar determinado hábito: lo haces durante dos días. Y así con todo. ¿Quieres más ejemplos? Vamos a centrarnos. ¿Recuerdas qué hacías antes de ponerte con lo que estás haciendo en este momento?

― Sí.

― ¿Vas a volver a ello?

― ¿Y dejar lo que estoy haciendo ahora?

― Tú sabrás.

― Bueno, pero ¿hago lo primero o lo segundo?

― ¿A mí me lo preguntas? Decide tú que para eso eres un librepensador. Este tío no se aclara.

Imposible, que no consigo llevarme bien con ella.

Hace poco fui a una sesión de regresión para ver si descubría el momento en que esta voz se apoderó de mí y nada, fui incapaz de llegar a ninguna conclusión. Cada año que retrocedía mentalmente allí estaba ella, criticándome. Rejuvenecía a mi mismo ritmo y cualquier escena que llegaba a mi mente era con su presencia. Yo la veía con una túnica blanca y flotando en el aire a mi alrededor, era como un hada pero con mala leche. En un principio su apariencia era divina, bella, hasta que abría la boca. ¿Puedes creer que estuvo radiando toda la sesión? Era como una locutora que ridiculizaba cualquier imagen en la que yo estuviera implicado.

Decido ponerme a dieta: “¿Otra vez? Anda, disfruta de la vida que son dos días”.

Me como un pastel: “¿Qué haces, loco?”.

Estoy descontento en mi trabajo: “Lo que deberías hacer es buscarte otro empleo en el que disfrutes. No te merece la pena sufrir a diario”.

Decido cambiar de empresa: “¿Estás seguro del paso que vas a dar? Ya sabes que más vale malo conocido que bueno por conocer”.

No salgo a cenar para ahorrar: “¿De qué te sirven los euros en el cementerio?”:

Voy a cenar: “Así me gusta, que derroches el dinero. Ya te acordarás cuando vengan tiempos peores”.

Para mí que esta voz no me pertenece, yo puedo tener dudas pero este espíritu de contradicción es imposible que lo posea un Ser Humano. Pienso que no es mía por la sencilla razón de que yo nunca me hablaría así, ni me amenazaría ni me menospreciaría de esa forma, al menos conscientemente.

No soy capaz de controlarla, opina de mí lo que le da la gana, pero tengo claro que es la única que puede decir de mí lo que quiera sin salir perjudicada, más bien porque no sé por dónde atacarla. Aunque tengo claro que si a alguien se le ocurre dirigirse a mí de forma parecida, la respuesta que se va a encontrar probablemente le obligue a cambiar de dentadura. Que yo piense de mí lo que esta voz dice pase, queda en la intimidad, pero eso no se lo permito a ninguna persona, y como no quiero ir por la vida dislocando mandíbulas me he propuesto no dar ni un solo motivo para que nadie hable mal de mí. ¡Solo faltaba que yo consintiera que el mundo me hablara así! ¡No! Eso solo lo puede hacer esta voz y mi madre, que, por cierto, se parecen mucho la una a la otra.

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