Vengo de visitar a mi terapeuta y ¿te puedes creer que me ha dicho que tengo en mi interior ira acumulada? ¿Yo, rabia? ¡Pero qué se ha creído este individuo! Me dan ganas de agarrarlo con mis manos… no lo hago porque no respondo de mis actos. Estoy indignado, ¡rabia yo!, ¡si soy un santo! ¿De dónde habrá sacado la idea de que albergo resentimiento? Si así fuera, yo sería consciente de ello y ya habría tomado medidas. Su comentario me ha hecho daño, ha tocado una fibra muy sensible, soy una buena persona y no odio a los demás, es más, me desvivo por ellos. Vivo en armonía con el prójimo por mi actitud pacificadora. Prefiero que me tomen por tonto a enfrentarme con otro. Motivos no me faltan para entrar en combate con los demás y menos en la actualidad, con tanta gente egoísta, individualista, engreída, frustrada, manipuladora y sin valores humanistas. Pero he elegido frenar mis impulsos bélicos y cambiarlos por una sonrisa. Es así como yo aporto mi grano de arena para la paz en este mundo apestado de gente violenta.

Soy portador de amor allá donde voy, quiero que todos se sientan bien con mi presencia. En nombre del amor soy capaz de hacer cualquier cosa. Hay gente muy desvalida que necesita mi ayuda. Al principio se resisten a recibirla, lo que a veces me ofende. En esos momentos se produce una pequeña lucha entre mí y el desamparado. Tengo que mostrarme fuerte para que comprendan que actúo por su bien y reconozco, lo digo sin orgullo, que la mayoría de las veces gano.

 

Me he propuesto ser buena persona. Da igual el lugar en el que me encuentre, puede ser en el trabajo, con mi familia o de vacaciones, estoy dispuesto a auxiliar a esos corazones entristecidos que deambulan por la vida. Muchas personas se sienten perdidas aunque no lo reconozcan, y yo soy su luz. Mi actitud a veces es incomprendida, hay gente con tal grado de desesperación que me pide que la deje en paz. Soy consciente de que son incapaces de recibir mi apoyo, a veces me gustaría portar un arma para obligarles a que me hicieran caso, todo con fines pacifistas, buscando su bienestar.

Con el tiempo he aprendido a dar la espalda a aquellos que me irritan. Yo siempre voy con buenas intenciones, aunque a veces en defensa de mi salud mental tengo que poner distancias con indeseables hijos de puta que deberían estar entre mazmorras picando piedra toda su vida. Es gente que me ignora, no saben apreciar a un samaritano y huyen de mí como de la peste. Son intolerantes y unos pobres infelices incapaces de reconocer a una buena persona como yo.

Busco el bien, siempre quiero hacerlo, me hace sentir mejor persona cuando consigo que alguien me haga caso y sonría. Si doy consejos es porque no quiero que la gente sufra por tonterías. La vida es dulce y amargársela uno mismo por querer tener siempre razón no merece la pena. Yo nunca entro en discusiones por este motivo, si el otro se muestra obstinado con una idea acabo mostrándole mi silencio. Durante un rato he intentado hacerle razonar, si él o ella no quiere ver mi punto de vista me repliego, que se quede con su equivocación y así evito el enfrentamiento. Esta actitud la aplico en todos los ámbitos de mi vida y es lo que me permite contar con multitud de amigos.

Me gusta la gente, soy sociable, si tengo que hacer un favor lo hago, es más, me presto voluntariamente a hacerlo, tan solo pido ser correspondido con una sonrisa de agradecimiento. Me gusta que todo esté bien.

Cuando voy de compras entro por la puerta del establecimiento con una sonrisa, deseo que la dependienta se sienta a gusto atendiéndome, no quiero ser un malencarado, se consigue más siendo gentil que maleducado y es una de las maneras más eficaces que conozco para evitar que me engañen en la compra. No toda la gente tiene mi buen corazón, pero si les muestro cariño sé que voy a ser correspondido de la misma forma.

Leo mucho para saber más de mí mismo. Estoy muy interesado en todas las lecturas que hablan del amor al prójimo. Nos necesitamos los unos a los otros, creo que debemos colaborar en hacernos la vida más fácil, ser tolerantes con los demás, darles su propio espacio para que tengan sus propias experiencias y solo actuar si ves que el camino que han elegido es erróneo. Yo así lo he hecho siempre, me he instruido para saber qué es lo que más les conviene a los demás, y si tengo que influir en su vida hacerlo desde la sabiduría. A mí me ha ido bien, no siempre ha sido sencillo, pero si la intención es buena, la acción también.

Me enorgullece haber facilitado el camino a mis hijos. Ahora ya hace años que no los veo, pero por lo que me dicen están bien y han progresado. Con mi mujer siempre fui un marido atento, observador para descubrir cuáles eran sus necesidades y satisfacerlas, independientemente de que ella las pidiera o no. Mientras estuvimos casados nunca le faltó un consejo mío para que sus elecciones fueran las acertadas. Ahora anda por la vida perdida, compartiendo su existencia con otro hombre. ¿Quién mejor que yo?

Estoy reflexionando sobre cómo soy, me veo tolerante, confiado, gentil, honesto, sincero y por más que busco no encuentro en mi interior ni una pizca de ira. Creo que mi terapeuta hoy tenía un mal día y se ha equivocado en su apreciación hacia mi persona. El cuerpo me pide condenarlo de por vida y dejar de ir a su consulta. Atreverse a acusarme de ser alguien que alberga odio me resulta imperdonable, pero como soy muy buena persona pasaré por alto este desliz e iré a la próxima cita. Espero convencerlo de mi bondad. No quiero que exista nadie que equivocadamente piense que soy un resentido.

Me irrita la gente que va por la vida con rencor.

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