Me encanta que me admiren, me gusta tanto que incluso dejo que lo hagan aquellos a los que yo no pienso admirar nunca, que probablemente vayan a ser todos. No es por justificarme pero es que estoy tan ocupado en hacer que los demás se rindan ante mí que al final no me queda tiempo para fijarme en nadie y así poder descubrir sus cualidades. Además, si te soy sincero, la verdad es que tampoco encuentro ninguno que supere las mías.

Conseguir que todos me admiren supone un trabajo arduo, no pienses que es fácil. Tengo que empezar por aparentar que soy una persona encantadora, que ama a los demás y que merezco ser correspondido por todos. Lograrlo sin que sospechen de mis verdaderas intenciones requiere de una gran inteligencia, la mía, de un gran poder de observación y flexibilidad para adaptarme a las diferentes necesidades de las personas objeto de mi interés. Es como una cacería mayor, primero elijo la presa a la que tiendo mis redes para que una vez atrapada en ellas no pueda liberarse por más que lo intente, hasta que al final el agotamiento la haga rendirse ante mí. Así es como veo la acción, y todo esto sin que mi presa se dé cuenta de que yo la he seleccionado, perseguido, tendido las redes y obligado a perder la batalla entregándome su propia libertad.

Yo de niño ya era así de fascinante, aunque mis padres tardaron en reconocerlo. Al principio incluso preferían a mis primos y vecinos antes que a mí. Grave error el que cometieron. Por suerte pude darme cuenta de que en realidad eran poco inteligentes y me propuse ayudarlos para que aumentaran su coeficiente intelectual y de una vez por todas pudieran sentirse orgullosos del genio que habían engendrado y parido. Lo conseguí, lo digo con humildad. Yo solito fui capaz de que ellos me acabaran admirando, no recuerdo si fue antes o después de que nuestra mascota se suicidara ahorcándose. Bueno, lo importante es que alcancé mi propósito y a partir de ese momento comenzaron a ser de lo más serviciales conmigo. He de ser justo y reconocer que el apoyo de mis padres me ha sido muy útil en la vida, proporcionándome una gran confianza en mí mismo cada vez que me he marcado un objetivo.

Siempre he sido un líder, ya en la escuela los compañeros me elegían delegado de clase; las votaciones para designarme siempre fueron una fiesta democrática que endulzábamos con los caramelos que yo les repartía antes de la votación para su deleite. Lograr su apoyo me suponía un gran esfuerzo pues tenía que fingir que tanto ellos como yo éramos iguales. Lo hacía con agrado, igual que hoy. No voy por la vida mostrando mi superioridad, es más, me he creado una imagen humilde, solidaria, tolerante con todos los seres humanos y sus condiciones sociales, sexuales. Soy amante del planeta Tierra,  hasta el punto de que la gente así lo alaba. Opinan que con lo inteligente que soy, un triunfador nato, tengo motivos suficientes para mostrarme engreído en vez de ir con la modestia que exhibo en todo momento y situación.

No es que me guste la gente modesta, la mayoría ¡son unos mentirosos! Creo que lo único que hacen es enseñarnos una careta en público escondiendo su rabia y frustración por no ser aceptados tal y como son en realidad.

La imagen de humildad tiene un punto débil que solo los muy listos sabemos solventar, y es que la gente piense que puede utilizarnos. ¡Si ellos supieran!

Lo más duro de querer ser encantador para todo el mundo es que muchas veces no lo consigues. Hay envidiosos que nunca van a querer reconocer mis méritos por muchos que sean. Es por terquedad, están amargados. ¡Si están a la vista!, ¿por qué no los queréis ver de una puñetera vez?

Yo no he construido esta imagen de mí por mí, lo he hecho porque quiero hacer feliz a la gente, sobre todo a los que me rodean, para que se sientan orgullosos de compartir su vida conmigo. Creo que esto les da seguridad, aunque a veces los siento distantes. Tal vez la responsabilidad de ser mi esposa, hijos, compañeros de trabajo o amigos sea muy grande. Los demás, que no yo, probablemente les exijan estar a mi altura ya que son mis más íntimos, y eso es muy difícil de conseguir para una persona normal.

Y en mi familia esta distancia a veces se convierte en frialdad. Aunque ellos no lo crean yo lo noto. ¿Les daré miedo? ¡Qué tontería! Será más bien respeto. Y no entiendo cómo siendo unos seres tan cercanos a mí no valoran mi entrega al clan y sensibilidad por saber cuáles son sus necesidades y satisfacerlas. Sé que a veces soy un poquito exigente con ellos, pero lo hago por su bien. Soy un hombre cultivado y no creo tener ninguna culpa si yo sé qué es lo mejor para cada uno de ellos. Así se lo hago ver, pero intuyo que cuando no estoy presente ignoran mis consejos. No lo entiendo, ¡hacen lo que quieren! No se dan cuenta de que no se puede hacer lo que a uno le da la gana. Hay unas reglas sociales que respetar. Yo mismo, para mantener en alto mi imagen, tengo que reprimir mis impulsos o esconderlos. No dejo que nadie me vea fumar ni emborracharme, ni acudir a prostíbulos ni apostar en timbas ilegales, ni siquiera permito que nadie sepa lo solo que me siento, desdichado e incomprendido. ¿Acaso yo muestro en público mi rabia y desprecio por una raza humana llena de taraos, maricones, incompetentes y despreciables débiles? ¡Pues NO!, no lo hago.

¡En fin!, tal vez sea mi destino. Probablemente sea el tributo que todos los grandes hombres tengamos que pagar, la incomprensión de quienes amas. Soporto la de los ignorantes que no saben quién SOY YO, pero ¿que no me valoren los que mejor me conocen? ¿Por qué?

 

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