Dicen que cuando te mueres se acaban todos tus problemas. Yo suscribo esas palabras, la última vez que estuve muerto acabé gozando como nunca antes lo había hecho.

Al poco de morir entré en una sala de cine celestial donde proyectaban una comedia sobre la vida de un individuo que se llamaba igual que yo. Ver mi nombre en la cartelera despertó mi curiosidad, y sin pensarlo dos veces me dispuse a comprar una entrada virtual en la taquilla cósmica. Adquirí la última que quedaba. Entré en la sala de proyección cuando ya estaba oscura, así que esperé a que el acomodador se dirigiera hacia mí para iluminarme, guiándome hasta mi asiento. En el trayecto, en voz baja, me dijo que llevaban un mes de taquillazo, el aforo se completaba en cada sesión. Acudían almas desde el infinito para reírse a átomo partido.

Al sentarme en la butaca flotante del firmamento audiovisual me pidió que al terminar la película le firmase un autógrafo pues coleccionaba el de los mejores cómicos del Universo. En ese momento yo no sabía lo que quería decir, y en un gesto automático le contesté que sí. Me acomodé dispuesto a divertirme.

En grandes y luminosas letras aparece el título del film, Más torpe imposible. Oigo a mi alrededor las primeras risas, no es que vea a nadie, todos parecen una misma unidad, pero de lo que sí estoy seguro es de que las escucho. El título promete. Una voz en off hace las veces de narrador, relatando los distintos capítulos de la vida del protagonista. Cada uno de ellos los muestra con una breve historia, entrelazándolos cronológicamente con el resto de episodios.

Ese día me llevé muchas sorpresas, pero la primera de ellas fue comprobar lo escandalosas que eran todas las almas. Se divertían con total impunidad, no sentían ninguna vergüenza, comentaban en voz alta cada una de las escenas, se dirigían al protagonista como si lo tuvieran allí, disfrutaban como niños.

La primera escena muestra el nacimiento de un bebé. Solo aparece enfocado él y las manos que lo acogen. De fondo se oyen las voces nerviosas que rodean el alumbramiento. “¡Recuérdanos!”, gritan divertidas varias almas.

Una multitud rodea sin prestar atención a una criatura de unos cinco años. Hay fuegos artificiales y bailes, el niño se ha perdido, mira a su alrededor y no encuentra a sus padres, ningún adulto se percata de esta situación, están metidos de lleno en la fiesta. La pantalla muestra los primeros llantos del niño.

Unas filas por detrás de la mía oigo hablar a dos almas. Una le dice a la otra que ahora es cuando el infante comienza a olvidar quién es, de dónde viene; que a partir de ese momento va a conectar con lo que los humanos denominan vacío existencial. “¿Qué chorrada es esa de ‘vacío existencial’?”, pregunta la otra alma. “Es como llaman a la falta de recuerdos. Se lo toman muy en serio, sufren mucho por ello y han montado con este tema toda una industria”. “¿De verdad?”, vuelve a interrogar sorprendida. Se acaba el diálogo y sonríen expectantes.

Se ve a un adolescente, su cara me resulta muy familiar. ¡Sorpresa, soy yo! Nervioso me remuevo sobre la butaca y mirando a derecha e izquierda intento controlar que nadie me haya visto. Reflexiono: «Sí, ese soy yo. El recién nacido y el chiquillo también lo era».

Estoy en mi cuarto con cara de preocupación, desnudo frente al espejo, mientras masajeo mi miembro viril. Cuando este alcanza su mayor apogeo lo dejo y tomo sobre mis manos una regla escolar para medirlo. Con rabia suelto el cartabón y lo lanzo contra el suelo mientras me llevo con desesperación las manos a la cabeza a la vez que balbuceo que no soy lo suficientemente hombre. Despliego un póster con el fornido cuerpo desnudo de un macho con casco de bombero sobre la cabeza, lo comparo con la imagen reflejada en el espejo y apretando los dientes vuelvo a rechazar el tamaño de mi entrepierna. La sala se llena de risas. Carcajadas sin control. No sé dónde esconderme. El alma que está a mi derecha ha notado mi rubor y me comenta que todos se están divirtiendo porque no entienden que allí abajo les preocupen esas  tonterías. Le contesto que eso es normal, igual que el aspecto físico. Me contesta: “También nos reímos de eso. Que algo perecedero, con fecha de caducidad a la vuelta de la esquina, sea motivo de sufrimiento nos hace partirnos el esternón. Un cachondeo. Nos encantan las secuencias de humor absurdo”.

Aparezco trabajando, en silencio, pero mis pensamientos se pueden leer perfectamente, salen de mi cabeza en el interior de pequeñas nubes de humo. “Estoy harto de ese trabajo”, “No soporto la idea de que sea para toda la vida”, “Esta actividad me ahoga”, “Odio a toda la gente que está a mi alrededor”, “Si no fuera por el dinero que gano a final de mes lo dejaría”, “Si abandono este trabajo no sé si encontraré otro”, “El salario que tengo me permite vivir cómodamente”, “Cada día estoy más desesperado”…

― ¡Ja, ja, ja…!

― ¿Pero cómo les  puede hacer gracia esta escena?, ¿no ven que estoy viviendo un drama?

Patean el suelo de fotones y desde el fondo de la sala oigo a alguien llamándome tonto, al de la pantalla me refiero. Para mi sorpresa, a su grito se unen otras voces desde distintos ángulos de la sala. Entre carcajadas les escucho decir que el dinero no es el problema, que cambie mi relación con él, los pensamientos que tengo sobre él, que ese no es el camino, que utilice mi poder y cambie.

― ¿Por qué me llaman tonto?

El alma acomodada a mi diestra vuelve a darme una explicación:

― No es nada personal. Tonto es el que hace tonterías, y todos los pensamientos que hemos visto en la escena lo son. No te ayudan a vivir mejor, que es lo que realmente quieres. Esta contradicción es la que convierte la escena en surrealista. Deseas una cosa y en vez de perseguirla te anquilosas en pensamientos tormentosos, precisamente los que te impiden vivir como anhelas. ¿Has visto a alguien ir a ducharse para estar limpio, que del grifo brote mierda y crea que se ha aseado porque una vez seco se perfuma? Permíteme que yo también me descojone porque estoy conteniéndome y voy a reventar si no lo hago.

La imagen siguiente es lo más parecido a una postal. Estoy junto a mi esposa e hijos frente a nuestra nueva casa, al lado se ve el último automóvil que adquirí. La cámara gira y nos enfoca por delante. Estamos sonriendo, satisfechos por la nueva propiedad. Ahora aparezco yo en un solo plano, ocupo toda la pantalla. Mi cara refleja orgullo, más que eso, regocijo, es un rostro altivo que expresa un sentimiento de valía, de creerse más que otros. La nitidez del momento comienza a desvanecerse hasta que solo pueden adivinarse unas cuantas facciones. Un sonoro “¡Oh!” estremece el patio de butacas. Regresa con claridad la imagen, que es recibida con un clamoroso “¡Bien!”. Ha sido un espejismo, vuelve a desaparecer. La decepción inunda a los espectadores. Alguien grita: “¡No te has enterado de nada!”. A coro el resto suelta una carcajada. Busco a mi confidente para que me aclare la reacción del público.

― No querían creerse tu respuesta arrogante ante esa nueva posesión material, esperaban que tu adquisición hubiera sido para que la disfrutaras, no para presumir y mucho menos para sentirte más o menos valioso por tus propiedades. Se ríen porque saben que la siguiente escena es la del sufrimiento y miedo a perder lo que tienes, incluyendo el prestigio que crees ostentar. Aquí y en la Tierra las parodias que muestra al pedante cayendo de su pedestal son realmente humorísticas. Muchas de ellas representan un tropiezo y una caída. La concurrencia las espera para disfrutar y es lo que están haciendo. Lo que a ti te pasó es que confundiste  Ser con tener.

Ahora la pantalla me muestra desnudo. ¡Qué horror! Otra vez, con lo pudoroso que soy yo. Mi mujer está junto a mí y los dos dispuestos a mantener una relación sexual. Me llevo las manos a la cara, no quiero ver lo que viene a continuación, estoy deslizándome de la butaca hasta quedar medio cuerpo fuera del asiento. Cada uno de nosotros aparece con un pequeño librito en el interior de nuestra frente. No entiendo nada. Espero a ver por dónde discurre la escena. A medida que mi mujer y yo nos acariciamos las páginas del ejemplar que mantenemos en el tercer ojo comienzan a pasar. Veo que nuestros movimientos son toscos y automáticos. Las caricias recorren ambos cuerpos al mismo ritmo que las hojas del volumen pasan unas tras otras. ¡Ahora lo comprendo! Este volumen en realidad es un manual, el que nosotros como pareja venimos usando desde hace años. He aprendido dónde tocar para que mi mujer reaccione de una determinada manera, busco su placer lo mismo que ella hace con sus caricias, y cada día que pasa nuestros cuerpos se inmunizan más y más ante esa forma de actuar. Reconozco la torpeza de nuestros movimientos y el escaso entusiasmo que mostramos hacia nuestra relación. Tal vez haya perdido mi habilidad para hacer gozar a mi pareja. Ella estoy seguro de que sí la perdió. Tapo con fuerza mis oídos, no quiero escuchar ninguna risa ni comentario, hasta retengo mi respiración. Cuando intuyo que el alboroto ha pasado y todos los asistentes a la proyección han calmado sus ánimos es cuando pregunto a mi salvavidas por lo que ha pasado.

― ¿Se han reído mucho?

― Para serte sincero, sí.

― ¿Por qué?

― Ahí abajo seguís creyendo que el sexo es técnica, saber estimular aquí o allá. Pero eso primero desgasta, segundo se automatiza y tercero frustra. Os sentís responsables del gozo del otro y no es así. Puedes estar con alguien bloqueado ante el sexo y tú no ser el responsable. La entrega no es saber hacer, lo único que puedes dar en la relación, en cada una de tus relaciones, es tu amor, si lo hay, y tu propio placer. Atreverte a gozar y compartir esta vibración con tu pareja. Eso es entregarte, complacerte a ti para entregarlo, compartirlo. Tu placer y el de ella no están expuestos a ninguna clase de examen. ¿Lo entiendes? Se trata de darte tú a ella. El resto resulta muy cómico y una de las frases escuchadas hacía referencia a la reválida que creías debías pasar en cada relación sexual.

Llegado este momento solo me interesa una cosa y es saber qué tengo que hacer para lograr reírme como el resto de la sala. Esta es la pregunta que hago a mi colega. Su respuesta me deja frío:

― La mayoría de la gente tiene que morirse, como tú.

― Yo estoy muerto y no me río.

― Porque todavía crees que estás vivo, no te has enterado de que ya no estás ahí abajo. Ahora tu sitio está aquí. Aquí eres uno con todos, ahí abajo también, pero os cuesta enteraros del hecho. Aquí no hay juicios, críticas, culpabilidades, y ese montón de bobadas limitadoras con las que os hacéis daño unos a otros. ¡Diviértete!

Cada capítulo de los que siguen despierta un comentario jocoso que todos vitorean y ríen. Aparezco sufriendo soledad y el gracioso de turno grita: “¡Todavía se creen que están solos!; aparezco enfermo: “¡Siguen sin querer sanarse!”; enfadado: “¡Se está envenenando!”; atormentado: “¡Pierde el tiempo en tonterías!”; temeroso: “¡Eso es una fantasía!”.

Me sumo al alboroto, al principio con timidez, con vergüenza. Más adelante comienzo a desmelenarme, cada escena que veo me resulta de lo más surrealista. Acabo por perder todo signo de identificación con el protagonista de la película. Yo termino siendo uno de los que gritan al de la pantalla y le da consejos entre risas.

La verdad es que el título Más torpe imposible es de lo más acertado. La sensación que tengo cuando finaliza el film es de gozo. He comprendido y me lo he pasado estupendamente bien. Tengo que dar las gracias al alma que me ha acompañado. Así lo hago, y le pregunto que quién es. Su respuesta no me la esperaba:

― Yo soy tú.

 

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