Estoy tan ocupado en hacer cosas para que los demás me quieran, que no me queda tiempo para querer a nadie.

Necesito que me quieran. Estoy dispuesto a mentir y fingir todo lo que haga falta. Mi objetivo es obtener la atención de los demás. Quiero que me valoren. Procuro realizar actividades dignas de aplauso. Soy capaz de desarrollar las más variadas tareas, pero todas tienen algo en común: están hechas para que sean vistas y apreciadas. No me resulta atractivo hacer algo que no puedan ver los demás. Quiero que lo vean y se sientan orgullosos de mí. Si alguien no está valorando lo que yo hago, enseguida lo muestro para que se den cuenta de que frente a ellos tienen a una persona que merece ser respetada y querida.

Me he convertido en todo un experto en leer el pensamiento de los demás. Enseguida busco qué es lo que pueden estar pensando de mí y según lo descifro amoldo mi comportamiento a lo que acabo de descubrir. Si la actitud de la persona con la que estoy muestra un claro interés por mí, incido en la imagen que hasta ese momento estaba mostrando, con la intención de aumentar su aprecio hacia mi persona. Si no logro que alguien me valore como yo quiero sufro. El solo hecho de pensar que alguien puede estar pensando algo que no me agrada hace que las piernas me tiemblen. En ese momento mi mente se revoluciona al máximo buscando una palabra, frase o gesto que hacer para inclinar la balanza de mi visión a mi favor. A la vez que reprogramo la mente, analizo dónde he podido meter la pata para que estén pensando de mí lo que yo no quiero. Lo hago con objeto de rectificar y reconducir con la acción exacta la situación.

Una simple conversación con un compañero de trabajo o vecino me puede torturar durante un largo periodo de tiempo si al despedirnos intuyo que ha podido perder interés por mí. Rebobino insistentemente la conversación para descubrir qué idea mía ha podido ofenderle o puesto en entredicho la imagen que él debería tener de mí.

Puede parecer que lo que cuento es neurótico pero nunca más lejos de la realidad, yo llamo a mis acciones “servicio post-venta”. Me voy a explicar: hace ya muchos años decidí construir una imagen de mí que pudiera ser aceptada por la gente. Me di cuenta de que a la mayoría le gusta estar con personas agradables, serviciales, bondadosas, solidarias, que escuchen y den consejos, amorosas, simpáticas y sensibles. Fui puliendo cada una de las aristas de mi personalidad para finalmente lograr un producto “superventas”, y todo lo que hago a partir de ese momento es cuidar de mi imagen al máximo para que resulte totalmente vendible. Por eso no me puedo permitir ningún desliz.

 

Tengo mucho miedo a que no me quieran, a quedarme solo, abandonado y sobre todo a que me hagan daño, por eso decidí crear un perfil de hombre adorable, tanto para mi entorno masculino como femenino. En su momento tuve mucho cuidado con el diseño de la imagen que deseaba transmitir. Sabía que al principio debía fingir mi personalidad, pero si lograba que permaneciera en el tiempo tenía la completa seguridad de que iba a acabar por integrarse completamente conmigo, hasta el punto de creerme todas mis nuevas cualidades.

Quería que mis padres me amasen siempre tal y como lo hicieron cuando nací. Muy pronto descubrí lo ofendidos que se mostraban si yo hacía lo que quería, omitiendo sus instrucciones o lo que ellos llamaban educación. No me gustaba su actitud pero me daba mucho miedo la posibilidad de que me abandonaran. Me debatí entre ser un rebelde o convertirme en un hijo modelo. Esto último fue lo que elegí. Y esta decisión transformó por completo mi vida. Ser un hijo modelo no solo implicaba a mis padres, sino a todas mis relaciones. Modelo en la escuela, en la iglesia, con los amigos, con sus padres, con mis familiares, en la universidad, con las chicas, en el trabajo y finalmente con mi mujer e hijos.

Por supuesto que soy una persona de éxito, que ha cumplido los sueños de los demás. Estudié los manuales existentes para convertirme en el mejor amante posible, logré satisfacer a todas las mujeres de mi vida, incluidas algunas prostitutas. Me convertí en un líder empresarial y soy el mejor padre. Lo que yo llamo un “papá Walt Disney”.

He logrado que me vean como una persona feliz, aunque yo creo que no lo he conseguido del todo. Durante el día vivo completamente mimetizado con mi imagen, pero la terrible soledad de la noche hace que entre en contacto con mis frustraciones, y la mayor de ellas es que tengo la absoluta seguridad de que nadie me quiere. Quieren y aprecian la imagen que construí hace mucho tiempo. Nunca he mostrado al ser que veo en mi interior, es demasiado modesto, vulgar y poca cosa. Ni siquiera yo lo estimo. Intento echarlo de mi vida con somníferos, enterrarlo, me estoy dando tiempo para amar la imagen que todos quieren. Espero conseguirlo.

¿Os habéis creído toda esta historia? ¡Noooooooo! ¡Es mentira! Ya sé que soy un poco cabroncete. De niño elegí convertirme en el rebelde, ¿qué esperabais?, no en el sumiso. ¿Resultado?: he sufrido tanto como el sumiso, también me creé una imagen y la vida me ha dado sus mismos golpes. Durante todos estos años hemos sido compañeros de celda. La buena noticia es que ahora ambos nos hemos desmaquillado para reencontrarnos con nuestro verdadero SER y abandonar la cárcel en libertad.

 

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