GRANDES SOLUCIONES PARA PEQUEÑOS PROBLEMAS

 

Estoy súper estresado, he pedido un crédito al banco, ahora tengo que comenzar a pagarlo, creo que no lo tenía que haber solicitado.

 

Todo comenzó un viernes de hace dos meses cuando moviendo un mueble en el salón de casa golpee la pared e hice un pequeño roce con una mínima hendidura. ¡Qué rabia me dio! grité y pateé el suelo mientras de mi boca salía todo un recital de exabruptos. Para mí esa pequeña brecha en la pared era un gran problema. Huyo desesperadamente de ese tipo de tareas hogareñas. Hubiera preferido el golpe en la cabeza con puntos de sutura incluidos. Creo que esto explica claramente la relación que yo tengo con los trabajos manuales. Aún así me armé de valor y al día siguiente acudí a un establecimiento para comprar algún producto con el que  reparar esa pequeña herida en la pared. Después de explicar a un vendedor con palabras y elocuentes gestos como yo, sin tener culpa alguna, fortuitamente había tropezado con el mueble que portaba entre las manos, deslizando mi cara bruscamente por la pared, tiñéndose del tono pintado, mientras mis gafas se convertían en un ocho, pasando a ser sujetadas por la base de la cabeza y barbilla. Le seguí contando que gracias a mi pericia durante la caída evité que el desperfecto provocado por la esquina del mueble fuera superior, quedando tan solo en unos diez centímetros de longitud. El dependiente asintió con la cabeza mientras miraba la falta de piel en mis nudillos.

 

Antes de que el consejo experto saliera de sus labios saqué mi agenda electrónica con objeto de tomar nota en ella de todos los utensilios a comprar y comenzar la rehabilitación de la pared del salón de mi casa. La pintura no me hacía falta, en el trastero guardaba un pequeño bote del mismo tono. -Bien, dijo, con una pausa, la cual yo aproveché, preparándome para teclear a toda velocidad.

 

-Un tubo de masilla instantánea y una espátula.

-¿Solo?

 

Era fin de semana y sin ganas de comenzar la obra me senté en el sofá a leer las complicadas instrucciones de aplicación que el tubo de masilla traía xerigrafiadas en su superficie. Como no me aclaraba demasiado con lo que leía, encendí el ordenador, busqué en Google, participé en algún foro y tres horas después con las ideas más claras volví al sofá con varios folios impresos para completar la información obtenida.

 

Animado por lo aprendido, me puse a reflexionar sobre todo lo que yo cambiaría en mi casa, claro que a medida que pensaba me daba cuenta de que iba a necesitar ayuda profesional. Cada minuto que pasaba me sentía más entusiasmado visualizando los cambios, a la vez que no veía el momento de ponerme a reparar la pared.

 

Pero lo que me estaba pasando era más importante que cualquier otra cosa. Era como si una Luz me iluminara y descubriera  que deseaba cambiar las ventanas de la cocina, las del salón  y las de mi habitación. Además el tabique que separa mi dormitorio del vestidor me sobraba, ya no lo quería, de esta forma ampliaría el tamaño de la habitación. De los dos baños de mi casa quise modificar uno y cambiarlo de situación, es el del piso de arriba, claro que al trasladarlo, necesitaba hacer lo mismo con el de abajo para que coincidieran los desagües y demás bajadas de tuberías, requiriendo esta acción la modificación de otras dos estancias. Bueno no importa me dije, estoy recibiendo muy buenas vibraciones con todas estas ideas.

 

Cada vez estaba más contento, necesitaba novedades en mi casa, sabía que era un síntoma que iba a cambiar mi vida por completo, era un reflejo de mis ganas de superación, quería hacerlo cuanto antes. Me miraba al espejo y comenzaba a ver a otra persona diferente, más sonriente, más a gusto consigo misma, orgullosa, me decía a mi mismo que la imagen que veía reflejada era mi nuevo yo.

 

Me levanté y fui a por el metro para comenzar a medir, lo hacía con satisfacción, mi rostro dibujaba una sonrisa. ¡Si hasta me sentía como un profesional! Cuando concluí las mediciones y después de anotarlas en un cuaderno recién estrenado para la ocasión, salí de casa para comprar alguna revista de decoración. Adquirí todas las que había en el quiosco, regresé a mi sillón favorito para estudiarlas concienzudamente. Hay que hacer las cosas bien, me decía a mí mismo. Pasé el fin de semana sintiendo un alto grado de excitación. Oscilaba entre la idea de que estaba haciendo lo correcto y el pensamiento de que tal vez me estaba pasando. Ni caso, eso era miedo al cambio y ganó el entusiasmo. En algún sitio había leído que las decisiones que se toman había que ejecutarlas cuanto antes. Me lamentaba de que aún fuera domingo y tuviera que esperar hasta el lunes para pedir un presupuesto. Quería hacerlo ¡ya!

 

A las siete de la tarde del día siguiente ya tenía en mis manos el presupuesto, y el martes a las nueve de la mañana estaba sentado frente al director de la sucursal bancaria solicitando un préstamo después de entregar como aval mi propia casa, la cual carecía de cargas hipotecarias. ¡Qué suerte! Así podía volver a hipotecarla. El resto de la semana fui un sin vivir de nervios, la excitación me impedía concentrarme. Tenía tan alta la autoestima que creía que de un momento a otro iba a levitar mientras embalaba y protegía los muebles de cara a la obra. Casa nueva, vida nueva.

 

El fin de semana previo al comienzo de las obras lo pasé completamente relajado, en cuanto me acomodaba en el sofá babeaba como un recién nacido. Me entusiasmaba el cambio que iba a experimentar en unas pocas horas. Pedí vacaciones para poder ayudar en la reforma de casa. Con todo lo que había aprendido leyendo revisitas, bueno viendo fotos, creía que podía aportar un valioso criterio profesional y así sentirme uno más del equipo de reformas. Vivo solo, soy muy ordenado, me encanta el silencio y pensaba en ser un gran anfitrión para esa valiosa cuadrilla de maravillosos seres que iban ayudarme a transformar mi vida.

 

El gran día me levanté a las siete de la mañana, amaneció lloviendo, ¡Perfecto! y lo primero que hice fue poner una música relajante, “sonidos de la naturaleza”.

 

Una hora después llamaron al timbre, me dirigí a la puerta sonriendo y al abrir comenzaron a desfilar obreros hacia el interior de mi casa. ¡Qué susto! Me sentía invadido en mi propia casa. Disculpad, intenté decirles, ¿podéis limpiaros los zapatos antes de entrar? Ni caso, en menos de media hora mi hogar, mi dulce hogar había desaparecido.

 

¡Qué poca delicadeza tenían! Yo no daba abasto para dar órdenes a unos y otros -¡Cuidado con la pared!, ya sé que la vais a derribar pero por favor hacerlo con delicadeza.- ¿En quién pensarían cada vez que aporreaban las paredes? Cada mazazo que oía se incrustaba en mi estómago con una violencia inusitada, parecía que me lo dieran a mí, ¡Qué dolor! Mis piernas comenzaron a temblar, busqué desesperadamente mi sofá preferido, el cual se había tornado del color de las paredes derribadas, no pude sentarme y en ese momento comenzó a faltarme la respiración y así hasta hoy.

 

Han pasado dos meses y me dicen que la obra va retrasada, que se han encontrado con problemas inesperados y probablemente le queden otros tres más. ¿Pero no iban a ser quince días? Me he tenido que ir a vivir de alquiler, estoy de baja laboral por depresión, ya no quiero volver a mi antigua casa, creo que la odio, la voy a vender. Pero si acabo de darme cuenta que la tengo hipotecada. ¡Estoy pagando una hipoteca! Además durante todo el día las preguntas golpean mi cabeza ¿Cómo es posible?, ¿Cómo es posible?, ¿Es esto reflejo de cómo actúo en mi vida con cada uno de mis asuntos?, ¿De cada problema al que no me quiero enfrentar hago una montaña hasta perderlo de vista?, Si es así ¿Cuál es la realidad de mi vida?, ¿Cuánta locura habita en mi mente?, ¿Cuántos miedos tengo ocultos manejando mi día a día?

 

¡POR DIOS, NECESITO UNA RESPUESTA!

 

-Un tubo de masilla instantánea y una espátula

 

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