La gente tiene mucho miedo a que la abandonen y lo solucionan de maneras muy distintas, unos se acostumbran a que los abandonen y otros se dedican a abandonar. Probablemente ambos se encuentren continuamente para así poder entretenerse con el juego de ver quién se marcha primero. ¿Quién va a ser? El que abandona, que para eso interpreta ese papel, ¿o no? A lo mejor muchas veces quien gana la partida es el que aparentemente ha sido abandonado, pues realmente fue quien primero abandonó al otro, aunque esperó a que fuera él o ella quien tomara la decisión de abandonar y poder así sentirse nuevamente abandonado.

Este juego es fabuloso, da las mismas oportunidades de sufrimiento a los dos participantes. El papel que interpretes es intranscendente, al final puedes sentir todo el dolor que quieras a lo largo de tu cuerpo, incluso de tu alma.

Cuando se te pasa el disgusto y vuelves a tener ganas de jugar, tan solo debes conectarte con la vibración que siempre late en tus encuentros y atraer a quien asuma el papel contrario al tuyo.

Lo divertido de este juego es que no tiene límites, algunos creen que solo lo pueden hacer con sus relaciones de pareja, pero ¡qué va!… puedes jugar con tu padre, madre, hermanos, jefes, amigos, enemigos, gobierno, sociedad, Iglesia, Dios y con quien quieras encomendarte. Todos valen para abandonarte o sentirte abandonado. Además, al cabo de los años, cuando tu deterioro psicológico sea notorio, puedes cambiar los papeles, incluso vivirlo con ensañamiento mientras lo interpretas.

Una de las cualidades más sorprendentes de este juego es que tu memoria se desarrolla, logras un alto grado de retención de recuerdos. Casi todos los participantes con los que has co-creado los tienes en mente. Si te lo propones, tienes la capacidad de convertir tu pasado en presente y así seguir jugando.

Que tienes el día aburrido, pues te sientas en el sofá, cierras los ojos y a recordar, te das unos minutos para que puedas atraer a los protagonistas de tus abandonos al ahora y cuando ya estén todos ante ti comienzas a preguntarte: “¿El motivo por el que me abandonó o le abandoné fue…?”. Vas analizando cada una de las jugadas en las que has participado a lo largo de tu vida, que es la única manera que tienes de aprender. O sea, como haría cualquier deportista de élite. Sabes que de los errores se aprende y puedes llegar a prometerte que nunca más los vas a cometer: “¡Juro que no me vuelven a abandonar de esa manera, la próxima vez seré yo quien abandone!”.

Realmente el deporte que más se parece a este juego es el tenis. Hay mucho de resistencia física, fortaleza mental y eso que llaman inteligencia emocional. Los instantes previos al partido peloteas con el rival sin ninguna malicia, solo se trata de lanzarse unas pelotas el uno al otro. Sin transcendencia, procuras que al golpear la pelota esta vaya amablemente a la mano del contrincante. Esos momentos los utilizas para analizar sus fortalezas y debilidades. Aunque lo conozcas de antes sabes que no todos los días son iguales, y ese peloteo te va a dar la oportunidad de intuir su estado  de ánimo, físico y mental. Al mismo tiempo tú observas tus propias sensaciones, cómo te ves física y mentalmente. Comienzas a prever si vas a ser tú quien abandone el juego o vas a obligar a que sea el otro. Durante el partido irás comprobando si logras cansarlo o si se resiente de alguna antigua relación, perdón, quise decir lesión, y cómo reacciona ante tus propuestas de juego, si las atiende o le cuesta llegar cuando tensas la jugada. Por momentos puede parecer que vas ganando, pero tienes la experiencia de que eso ya lo has experimentado en otros juegos y finamente has sido tú quien, cabizbajo, tuvo que  abandonar el escenario del partido para no volver a regresar. Por tanto, estás muy atento a cada movimiento, tanto del rival como tuyo. Tienes que averiguar quién es el que más flojea emocionalmente, si en algún momento se puede dar por vencido. Sabes que cuando tú te has sentido derrotado has acabado perdiendo. ¿Quién de los dos está sufriendo más en este partido? El que logre controlar todas las iniciativas del otro va a ser el ganador. Te va a provocar continuamente para comprobar cómo reaccionas. Está analizándote para valorar sus posibilidades. Finalmente va a ganar quien después del agotamiento mutuo tenga alguna baza que muestre por sorpresa. Algo que haga sentir al contrario que está jugando con el mejor. Cuando uno de los dos levante sus brazos en inequívoco signo de victoria, respetuosamente avanzareis para mantener un último encuentro, deseándoos lo mejor mientras cada uno toma su propio camino.

El juego del abandono es tan popular entre la población que se utiliza en infinidad de ocasiones a lo largo de toda una vida. Te mueres: “¡Qué pena!, nos ha abandonado”. Cambias de trabajo: “Lo ha abandonado por otro”. Comes solo en un restaurante: “Parece que lo han abandonado”. Te vas de una fiesta: “Nos abandonó cuando comenzó el baile”. Vas cumpliendo años: “Definitivamente la juventud me ha abandonado”. Engordas: “Si es que se ha abandonado”. Pierdes dinero en una inversión: “Lo abandonó la fortuna”. Te sientes solo: “Dios me abandonó”. Desciende tu equipo: “Abandonaron la categoría”. Estás triste: “La alegría lo abandonó”. Te separas: “Abandonaron la relación”. Mal gobiernan: “Tienen a la población abandonada”. No haces lo que otros quieren: “Abandonó sus obligaciones”. Te quedas calvo: “El pelo lo…”.

Para mí que la palabra abandono en realidad es un enigma que esconde algo. El miedo a la soledad es ancestral y muy evidente pero, además, ¿podría ser que tras él estuviera la negativa a asumir la responsabilidad que tenemos en la co-creación de nuestras relaciones?

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