Me he planteado muy seriamente dejar de ser feliz. La gente tiene problemas que yo no veo, les interesan cosas que a mí han dejado de llamarme la atención, luchan por metas que me parecen absurdas y ríen por motivos que a mí ya no me hacen gracia.

Vivo con gran intensidad el silencio, en unas ocasiones porque así lo deseo y en otras porque no tengo con quien hablar en mi vida cotidiana. Los que me rodean han dejado de compartir conmigo sus quejas, vivencias, aspiraciones y alegrías. Dicen que no les doy juego, que todo me parece perfecto.

Cuando yo me identificaba con lo que me hacía sufrir era infeliz pero al menos tenía con quien regodearme en la desdicha. Vivo en el Nirvana y tiendo a refugiarme en mi bienestar interior, lo hacemos muchos de los que estamos en este paraíso, y como para ser felices no nos necesitamos unos a otros, al final resulta aburrido. ¡Todo el día sin un puñetero problema!, sin necesidad de culpar a nadie, sabiendo que yo soy el responsable de lo que me ocurre, atrayendo conscientemente a mi vida lo que deseo, sin esfuerzo, simplemente con el poder de la intención y, claro, todo lo que elijo atraer es bueno.

Alguna vez hecho en falta un poco más de marcha, aunque solo sea por cortos periodos de tiempo. Eso de estar enfadado contigo mismo y echar la culpa a los demás no tiene precio. Sabes que estás rabioso, enfurecido contigo, y asumirlo da una pereza tremenda. ¡Qué agobio! ¿Y ahora tengo que reconocer que yo soy el responsable de ese sentimiento? ¡Uf! Con la de gente que hay a mi alrededor para culpar, ¿voy a ponerme en este preciso momento a hacer introspección? Prefiero dejarlo para otro día, hoy elijo a alguien que resuene con mi ira. En primer lugar, y por cercanía, voy a provocar a mi mujer. Pienso en algo que me moleste de ella o de su comportamiento, da igual lo absurdo que sea, el objetivo no es ser coherente sino la confrontación. ¡Ya lo tengo! Todavía no ha llegado a casa, es tarde y estoy esperando para que cenemos juntos. Perfecto, puedo incluso hacerme la víctima culpándola de lo solo y preocupado que me he sentido durante su ausencia. Últimamente nunca me avisa si va a llegar con retraso a casa. Me parece una buena excusa para comenzar la discusión, incluso puedo argumentar que la amo y me entra mucha ansiedad pensar que le puede haber pasado algo.

Oigo las llaves, la cerradura gira, la puerta se abre, da sus primeros pasos hacia el interior de casa, deja el bolso, se descalza, ahora cuelga el abrigo. ¡Al ataque!

― Amor mío, ¿qué horas son estas de llegar a casa? Estaba muy preocupado.

― He ido a visitar a tu madre, ya sabes que está algo enferma.

¡Mierda! El tiro por la culata. A ver cómo monto yo una discusión con ella después de ir a visitar a mi madre, que es lo que yo no he hecho. Además me siento culpable y esto me debilita en la lucha. ¿A quién busco yo a estas horas para montar una bronca? Bueno, me conformaré viendo las noticias en la televisión y después un debate político. Ya que no puedo discutir para dar rienda suelta a mi ira, al menos voy a sentirme indignado y gritar algún que otro improperio. Sé que no es lo mismo que una buena dosis de enfrentamiento con un contrincante que también te eche las culpas, se sienta injustamente tratado, no valorado, que hace más por mí que por el mismo… pero al menos me voy a ir a la cama realmente enfadado con el mundo.

Al día siguiente me levanto reventado. No he descansado nada, las cosas no están como para dormir a pierna suelta. Necesito quejarme, creo que tengo una buena oportunidad para hacerlo con los compañeros de trabajo. Me ha entrado prisa por llegar y fichar puntualmente.

Acudo con rapidez a la máquina de café, espero encontrar a alguien que resuene con mi indignación. Abro los ojos como esferas, dos compañeros están sacando su dosis de cafeína para comenzar la mañana. Acelero mi paso y al llegar junto a ellos lanzo mi primera queja:

-Hace una semana que llevé el coche a arreglar y todavía no me lo han reparado. Son unos incompetentes, les da igual que los clientes se queden sin vehículo durante una temporada, no les importa absolutamente nada.

― ¿Cuánto pueden tardar en entregártelo?

― Espero que no más de dos días.

― ¡Qué suerte tienes!, en cuarenta y ocho horas ya puedes volver a disfrutar de tu coche. Yo no tengo, ya me gustaría a mí divertirme este fin de semana con un automóvil como el tuyo.

― Pero mientras está en el taller salgo cada mañana de casa media hora antes para coger el metro, y después de que me pisen mil veces comienzo a trabajar hecho polvo.

― Antes de llegar a la estación de metro cojo dos autobuses. ¿Quieres saber a qué hora salgo de casa para fichar puntualmente cada día?

¡Mierda! ¿Pero qué le pasa a la gente?, ¿qué tengo que hacer para estar peor que ellos? Quiero marcha, pero no escuchando los problemas de los demás, deseo que sean ellos los que escuchen los míos. Necesito que valoren mi infelicidad, no que crean que soy más feliz que ellos.

Me parece que durante el periodo en el que he vivido dichoso, he perdido mi habilidad para vender  a los demás mis desgracias como las mayores. Se me ha olvidado dar pena, no encuentro quien me consuele y mi mujer cada día me lo pone más difícil para encontrar una excusa y discutir. No logro ser quien más sufra, ni el más desgraciado ni la mayor víctima de injusticias ni el más rabioso ni el mayor indignado ni el que peor suerte tiene. Hay mucha competencia. Cada vez que me propongo volver a participar en este juego me encuentro con que se han incorporado miles de nuevos jugadores, y así es casi imposible hacer destacar mis desgracias.

He decidido volver a ser feliz. Soy consciente de que ya no podré quejarme, sentirme víctima, ofendido ni culpar. Viviré relajado, veré lo mejor de cada situación, descubriré al ser espiritual que hay en cada ser humano y encontraré sentido a mi vida.

Sé lo que me espera, pero es que a veces resulta tan irresistible y atractivo sufrir, que te compadezcan…

 

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