CONVERSACIONES MENTALES

Hablo tanto conmigo mismo que lo único que consigo es interrumpirme continuamente, no me dejo ni acabar las frases.

Mis distintas voces se pelean por llevar la voz cantante, al final siempre opto por enfadarme e irme a otra parte. Me pongo serio y les digo que me dejen en paz. ¿Crees que me hacen caso? ¡Qué más quisiera yo! Se alían entre ellas y vienen a por mí. En cinco segundos me han dado caza y ofendidas me avisan de que es la última vez que intento abandonarlas.

Yo creo que mis voces son celosas, como un niño que tira de la falda de su madre cuando ésta se para en la calle a acariciar a otro. Pues  en cuanto me pongo a escuchar a otra persona ellas actúan de igual manera. ¡Tienen mala leche! Estoy intentando prestar atención y ellas enseguida comienzan a tirar de mí.

-Venga, corta ya, que tenemos prisa

-¿Hasta cuándo vas a estar escuchando sus quejas?

-¿Pero realmente te interesa lo que está diciendo?

Me despido de la persona en cuestión, no por no escucharla, sino más bien por no escucharme a mí.

Intento retomar mi conversación sin acordarme, me esfuerzo por continuar mis últimos pensamientos, pero nada, he perdido el hilo, y no me queda más remedio que dar la razón a mis voces. Si no me hubiera parado a hablar, hubiera seguido sin interrupciones mi  interesante charla. Así que he decidido tener prisa cada vez que me encuentro a un conocido en plena calle. No puedo pararme con él, estoy muy ocupado y no me voy a permitir ningún despiste, que luego tengo que aguantar el enfado de mis voces. Soy capaz hasta de cambiarme de acera.

Escuchar mis voces es una cosa, pero escuchar las de otros a la vez que estoy atento a las mías es un verdadero lío. Lo tengo comprobado, ponte a hablar con alguien durante más de cinco minutos seguidos y cada muy poco tiempo uno de los dos pregunta al otro, ¿qué decías?, ¡Cómo que qué decía!, éste no me estaba prestando la mas mínima atención, solo se estaba escuchando a él. No me enfado, he aprendido a no enfadarme cuando esto ocurre. ¿Por qué?, porque al minuto yo le voy a preguntar: ¿Qué decías?

Mis voces son unas descaradas, no tienen la más mínima vergüenza, les da igual todo. Puedo estar presenciando la ceremonia más sagrada o una obra de teatro que ellas van a la suyo. Que si esto es un aburrimiento, la otra le contesta que se calle que es algo muy serio, la primera le replica que donde ve la seriedad y así todo el rato, hasta que una tercera con un tono de voz enfadado les pide a las dos que se callen, que no se está enterando de nada. No lo hacen, es más le contestan que se meta en sus asuntos y que si se siente molesta que se hubiera quedado en casa, que tienen todo el derecho de opinar, que no se van a reprimir porque ella lo diga, que están en un país democrático, que hay libertad de expresión. Y la tercera voz parece desaparecer, enmudece, cuando aparece una cuarta replicando a la primera y segunda que su actitud es totalmente autoritaria, que si ven represión en alguna parte es porque precisamente eso mismo están haciendo ellas con la pobre tercera voz, callarla con muy malos modales, que no hablen tan alto de libertad de expresión pues su tono es totalmente opresivo.

Aplausos, las voces se silencian, me levanto y pienso que tengo que volver al teatro para enterarme de que ha ido la obra. Por la efusividad con la que ha respondido el público ha debido de estar muy interesante, creo que el contenido de la obra tenía que ver con la libertad de expresión y las represalias que puedes recibir si alguien te escucha y no está de acuerdo contigo. Algo así, creo.

Con las películas me pasa lo mismo. Una de las voces se pasa todo el tiempo criticando al protagonista, la otra lo defiende, la tercera intenta averiguar la siguiente escena y la cuarta decide si la película tiene ritmo o no. Yo por mi parte como palomitas.

Cuando pienso en meditar para acallar las voces lo que oigo es como una de ellas me dice que no es el momento de hacerlo, entonces dudo, me levanto del sofá y elijo otra actividad con la que evadirme. Otra de las voces me dice que no haga caso a la primera que es un buen momento para meditar, para estar en silencio. Le contesto que la primera voz tal vez tenga razón, pues estoy cansado. Me responde que precisamente por eso es una buena oportunidad para desconectar. Agradezco a esta segunda voz su insistencia porque ahora lo veo claro y coincido en que los siguientes minutos son muy buenos para descansar física y mentalmente. Vuelvo a sentarme.

Una vez que me he acomodado, respiro y pongo mi intención en vivir unos instantes de silencio. No lo consigo. Tal vez sea agotamiento. La verdad es que he estado persiguiendo multitud de imágenes. Decaído regreso al sofá mientras mi segunda voz, la que me ha animado a hacer la meditación critica el resultado. Me dice que mejor me hubiera quedado sentado sin hacer nada. Yo protesto, ¡pero si es lo que me has mandado! Su siguiente comentario me parece demoledor. Me recuerda que ella no me ha invitado a perseguir imágenes de forma incontrolada. La primera voz se está riendo descontroladamente.

Intento olvidar y comienzo a leer un libro de autoayuda que me encanta, el autor habla de las voces internas, dice que más o menos podemos tener cuatro, como yo, y da  muchos consejos e instrucciones de cómo acallarlas para que tu vida sea más fácil.

De momento no lo he conseguido, el único resultado palpable que he obtenido es que a mis cuatro voces ahora se le ha sumado una quinta.

¡Es la del autor del libro que no para de darme consejos!

 

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