De joven yo era más listo que ahora. Tenía las cosas tan claras que cuando hablaba sentaba cátedra. Intelectualmente estaba más preparado que en la actualidad, lo que sabía lo sabía y además lo que sabía, sabía que era cierto.

Era astuto y vivaz. Las primeras conferencias que impartí, ya a muy temprana edad, las preparaba hasta la extenuación, no dejaba un solo cabo suelto, sabía lo que tenía que pronunciar y la puesta en escena que iba a realizar. Solía dar dos conferencias, una la noche anterior mientras dormía y la otra con el público en el auditorio mientras dormían. Llevaba un maletín lleno de papeles, al peso eran bastantes kilos, me daban mucha seguridad.

Ahora, como ya no soy tan astuto ni listo, cuando doy una conferencia lo hago sin ningún tipo de apoyo informático ni documental. No es que esté en contra, en estos momentos estoy frente al ordenador, pero prefiero que ante el público me apoye la inspiración, más que nada por divertirme y hacer de cada charla un acto completamente diferente. Lo hago para no aburrirme y porque ya no soy tan brillante como en mi juventud. Seguro que si utilizo avances tecnológicos en mis presentaciones me pierdo.

 

De joven yo siempre leía los mejores libros. No había ninguno que superara mi elección. Me creía todo lo que ponía en cada una de sus páginas, y para seguir creciendo intelectualmente practicaba uno a uno los consejos que el autor daba en su libro.

Leo los ensayos acerca de la condición humana que me atraen, pero seguro que mis lecturas no son las mejores del mercado editorial. He perdido instinto para encontrar las más valiosas, las que contienen las grandes verdades. Sigo dando credibilidad a lo que hay escrito en cada libro, pero pongo mucha distancia entre lo que me cuentan y Yo. Admiro a los escritores y valoro que me hablen de su historia, pero es su historia, original o rancia, es suya. Reconozco su mérito, pero sé que me están hablando desde su perspectiva, no desde la mía. Escriben lo que creen o quieren creer y sobre la idea que tienen de la vida. Les aplaudo, pero ninguno ha sido capaz de describirme a mí, ni saber qué es lo que necesito. A veces sus palabras resuenan en mi corazón, entonces sí me identifico con ellas, el autor y yo hemos coincidido y vibrado juntos. Pero ya no me veo capaz de imitar y seguir sus consejos solo porque estén impresos. Me gusta leer, sobre todo para compensar la información que entra en mi mente a través de los medios de comunicación. Necesito la lectura como bálsamo a tanta noticia manipulada. Aunque ya no vivo con la ansiedad de mi juventud, cuando creía estar frente al mejor libro del momento.

Yo era un atleta sexual. Sabía cómo canalizar toda la tensión, me preparé concienzudamente para ser Míster Orgasmo. Estudié todas las técnicas amatorias, tanto occidentales como orientales. Dominaba la respiración y los ritmos en la relación sexual como ninguno. Esto último lo sé porque sometía a un cuestionario de calidad a todas mis parejas.

Me observo en el pasado y veo a un gran gimnasta del amor. Ahora ya casi se me han olvidado todas las técnicas. Me conformo con gozar y al terminar dar las gracias a mi pareja y a Dios.

Me miro al espejo y digo: ¡quién te ha visto y quién te ve! Yo que era el mayor discutidor del reino. Me gustaban las batallas dialécticas para demostrar mis conocimientos y experiencia. Lo hacía para ganar y obtener el reconocimiento de mi contrincante. Necesitaba tener razón, no que me la dieran porque sí. Tenía que ganármela con las explicaciones más brillantes. Me gustaba tanto afirmarme en mis razonamientos que era capaz de chocar contra un coche que estaba realizando una maniobra incorrecta solo por el placer de tener razón. En cambio, en la actualidad me niego a discutir para ver quién está en posesión de la verdad. He pasado de saber que tengo razón a simplemente no saber, de la firmeza al quizá/tal vez/puede ser.

Yo pensaba que mi padre era muy raro, que tenía manías estúpidas y costumbres tercermundistas. Cuando cumplí cuarenta años aprecié un gran cambio en él. Desde mi actual perspectiva contemplo a mi padre y observo que nunca realizó el cambio que yo vi entonces. Cambié yo y dejó de parecerme absurdo todo lo que hacía.

Aquel joven me enseñó todo lo que hoy sé. Reconozco que era soberbio, pero gracias a él he madurado, he hecho mucho más que madurar, he envejecido. Hago las cosas con otro estilo, me tomo la vida de otra forma, aunque en el fondo probablemente sea un viejo soberbio ¿o no?, ¿o sí? ¡Qué más da!

 

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