Yo sin el sentimiento de culpa no sería nadie. Estaría huérfano, no sé qué sería de mi vida. El solo hecho de pensar en la posibilidad de que un día pudiera perder la capacidad de sentirme culpable me hace temblar. ¿Qué haría yo a partir de ese instante? No quiero saberlo, la imagen que viene a mi mente es la de un gran precipicio, un tremendo vacío inundaría mi vida. ¿Conoces a alguien que pueda vivir sin respirar? Pues lo mismo me pasa a mi con la culpa, si dejo de sentirla veo la muerte. Está tan presente en mi vida que su ausencia precipitaría mi fin.

Desconozco si es una adición, pero nada más levantarme la necesito. Me gusta desayunar un croissant, después de horneado lo pongo entre mis manos, lo parto en trocitos dejando salir el humo, cada uno de ellos lo mojo en el café con leche antes de llevarlo a mi boca, respiro profundamente para disfrutar de su aroma humeante y sabor, ¡qué placer! Según voy masticando el primer trozo, comienzo a decir al igual que cada mañana,  que esta va a ser la última vez que inicio el día comiendo bollería industrial, con tal cantidad de grasas saturadas. Continúo culpando a mi poca fuerza de voluntad el hecho de que otra vez más, esté repitiendo lo que ayer me propuse que fuera la última vez. ¡Qué mal me siento! Volví a caer en la tentación. Me encanta la mezcla de estas dos sensaciones, placer y culpa, excitante.

Después nada mejor que un baño con el agua acariciando mi piel de forma suave, pompas de jabón jugueteando a su libre albedrío por mi cuerpo a la vez que sumerjo la cabeza en el agua. ¡Sublime! De un golpe seco la vuelvo a emerger culpándome del tiempo que estoy dedicando a mi aseo, mis hijos están golpeando la puerta gritando que por mi culpa van a llegar tarde al colegio, tengo que darme prisa. En los próximos tres minutos me debo de secar, acabar de asearme, vestirme, salir de casa y llevar a los niños hasta la puerta de la escuela. Después corriendo voy hasta el metro culpándome por mi poca responsabilidad, soy un desastre, no voy a aprender nunca. Cuando entro en el vagón busco un sitio, cierro los ojos y sonrío. Si no fuera por lo mal que lo paso cada día, mi placer en el baño no sería ni la mitad. Mi gozo se intensifica ante la proximidad de un sentimiento de culpa.

La mayoría de las cosas que salen mal en mi empresa son culpa mía. Al principio tuve mis dudas, pero con la ayuda de mis compañeros, grandes ellos en generosidad, enseguida comprendí que sí, que la culpa era mía. No soporto más de dos horas sin que alguien se acerque a mí y me reproche el resultado de una tarea. Es que me entra el mono. Si a los ciento veinte minutos, ni uno más ni uno menos, nadie ha venido a culparme de algo, me levanto y doy un paseo, a ver si encuentro a alguien que me quiera acusar. La verdad es que no necesito dar muchas vueltas, pero mientras busco me voy comiendo el coco. Temo haber perdido mi habilidad. Alguna vez que he encontrado a todos tan ocupados que no se han fijado en mí, regreso a mi puesto de trabajo medio depre y llamo a mi madre, a ver si consigo que me suba el ánimo. Descuelga el teléfono y con voz mortuoria pregunta quien está al otro lado del hilo telefónico, en cuanto me oye, cambia su tono por uno más enérgico y enseguida me acusa de ser responsable de todos sus males. Es fabuloso, nunca falla, en segundos obtengo una ración de culpa grandiosa, puedo estar saboreándola con una sonrisa de oreja a oreja hasta la hora del almuerzo.

La gente no lo sabe, pero yo soy mejor persona con sentimiento de culpa, quiero que todos estén bien, y si no lo consigo duplico mis esfuerzos para conseguirlo.

El otro día me encontré a una amiga por la calle, pero como yo llevaba prisa apenas le dediqué tiempo, cuando me despedí, el sentimiento de culpa invadió mi cuerpo, no le había preguntado por su familia, no me preocupé por como estaba, ni siquiera la dije lo guapa que la había visto. Mira que si tenía algún problema que quería contarme y por mi culpa, al no escucharla sufrió más. Me dije: ¡Qué habrá pensado de mí! Lo primero que hice cuando llegué a casa fue llamarla e interesarme por todo, le pedí disculpas por no haberle dedicado más tiempo y salvé la amistad. Y ¿por qué? Porque el sentimiento de culpa me hace ser un buen Ser Humano.

Si mi pareja llega a casa con mal humor, enseguida me pongo en guardia y reviso mentalmente nuestra relación desde el momento en que nos levantamos de la cama para descubrir en qué la he podido ofender y pido perdón. ¡Qué hermosa palabra!

Si uno está mal consigo mismo, ¡de alguien tendrá que ser la culpa! ¡Digo yo!

Después de mantener una relación sexual con mi pareja me gusta hablar, interesarme por como se ha sentido, si ha disfrutado o no y si ha sido esto último, ver si he tenido yo la culpa.

Al principio, en mi infancia, yo no le encontraba placer a esto de que los demás me echaran la culpa. Primero mis padres, por tu culpa mamá está disgustada, por tu culpa no hemos ido de viaje, mira que enfermar ahora, por tu culpa, por tu culpa, por tu culpa. Terminé acostumbrándome.

Recibí gran ayuda por parte de mi Iglesia, me explicaron lo que era el bien y el mal. El bien casi inalcanzable, reservado para los grandes Espíritus y el mal, el pecado en el que el resto de las almas caíamos una y otra vez. Yo desde que me despertaba, no hacía otra cosa que pecar. Por levantarme con sueño, no saludar con una sonrisa, protestar en el desayuno,  dedicar menos tiempo del necesario a mi higiene bucal, no llegar a la hora al colegio, disgustar a mi mamá, a los profesores, etc. Así que el sentimiento de culpa se incrustó en mi ADN. Ni siquiera el arrepentimiento, la confesión o el perdón que recibía de Dios a través de su intermediario pudieron expulsar de mí la necesidad de sentirme culpable. Quedé poseído por la culpa.

Con el tiempo me acostumbré y acabé disfrutando.

Cuando la gente se enfada, les pido perdón, si no es suficiente con una vez, lo hago dos y como por arte de magia acaban más calmados, no porque ellos hayan hecho algo al respecto. La paz la han conseguido a partir de mi providencial intervención. La mayoría de las personas no son capaces de reconocer su sentimiento de culpa y se cabrean. Desconocen por qué lo están pasando mal, así que para que vuelvan a sentirse bien, yo me culpo ante ellos de ser responsable de su malestar y les pido perdón.

¿Y sabes qué es lo mejor de todo? Todas me perdonan. Tienen un gran corazón…

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